
Me dejas con los labios rotos, la sangre desparramada,
el cuerpo contraído por la ausencia y el ultraje,
el alma inútil, mis versos sin luces, mis ojos llorosos.
¡Estoy mirando cómo pasa mi vida, sin ninguna ilusión!
Me dejas en el camino, donde mueren las almas,
que nunca resucitarán, en una oscuridad plena del
eterno olvido, con castigos de polvos y arena, que cubrirán
los pasos míos, curando con mis aguas la herida.
Me dejas… sí, me voy cabizbaja triste y sombría,
con las manos en la cara, de los ojos goteando rojos ríos;
voy con la humildad de haberte amado con tanta intensidad.
voy dejando en tus otoños primaveras, con los besos que me diste,
besos que fueron puros… y te los devuelvo igual.
Rechazas mi ternura, mi silueta tan iluminada,
me dejas por otra estrella, que brilla más en tu mirada,
me dejas, porque en tu altar, no puedo llegar pronta.
Mis pasos, se quebraron, por el camino de la inexistencia.
¡Y me dejas, me agradeces los momentos vividos!
Solo sé que has rechazado mi dolor, mientras buscabas
mi propia perla. Entre los ríos de mi juventud rosada,
encontré una extraviada, que guardarán para mi memoria.
Mi amor es tan puro, que nadie comprende su ardor,
con vehemencia me entusiasmo, pidiéndote pudor,
¡Rechazas mis ilusiones, mis venturas por la gracia!
Que con ánimo de nobleza, deposité en ti tanta confianza.
Si quieres, vete. ¡Ya me has dicho tantas veces! ¡Mil veces!
Tantas noches me hallé en tu regazo, con olores de pasión
No sé si te olvidas del secreto de nuestra oración,
que nuestras almas, se unían en espíritu y en la expiración.
A mi pecho le ha mordido la serpiente, en la ausencia oculta.
Un veneno, con un hálito de hedor y recuerdos,
en mi almohada quedó. Vibran bajo mis petañas tu imagen.
De mis ojos descosidos caen el río eterno,
olas rojas, por tu amor, que ahora, es solo quebranto.
Amor: He perdido mis sabores, llorando en tu ventana.
como una estrella en la noche, brille, tantas veces, ¡Cuántas veces
vine a mirar si tú estabas, y encontré tus ventanas tan altivas y
cerradas! - y tu puerta oscura y presente tu orgullo.
¡Me pongo a cantar, a la muerte mía, solícita y atrevida!
nunca me ha acompañado, más que hoy, _es mi muerte tu adiós_
Bajo este cielo oscuro, en esta soledad que siempre me vigila
cerca de este junco trial, muerte, olvido, y polvo…
te digo, vete de una vez.
Yo te llevo conmigo, en el aliento de mis penas,
con la savia de mis penurias, con las hazaña de la debilidad.
En la fugaz nube de los tiempos que van y vienen los pasos,
con tanta casualidad, ayer, mañana, que volveremos a encontrarnos!
¡Este es el junco!!! Mi plácida muerte, el negro olvido,
el polvo sin parar que van llevando sin pies, mis poemas sin norte,
ya ni siquiera el viento, quieren hacer volar mis penas,
pero que el casto silencio de la estrella mía, muere en el sin fin.
Parezco una turba de vientos cubiertos de polvos grises;
sin alas voy, -duele el engaño- voy cruzando los mares,
los cerros y fronteras, dejando a cada ribera, mis súplicas y
duras primaveras, igual, te llevo sobre mis rotas y doloridas alas.
¡Llevo sobre mis palabras, todo tus otoños! tus quejas,
tus malentendidos caminos, tus agravios, tus ofensas,
que cayeron sobre mi alma, como una saeta infecta,
como un rayo que arrasa, todos los tejidos de mi alma.
Muriendo en la soledad del invierno donde vomita la tarde,
un sendero de guirnaldas y cruces, rotos zapatos y pobreza,
voy dejando silencios oscuros y caminos de noches interminables,
Escuchando solo el silencio, sus pasos sombríos, y una soledad inmensa.
El trial de mi muerte, junto al nacimiento de mi planta,
cayó la semilla al río, y murió de ahogamiento el alma;
¡Ya no tendré más calma, buscando dónde se fue mi vida!
Mi historia no tiene inicio, ni final para estos días de quejas.
La noche acaricia la herida, ay, ay, sube la torre azul
sin el oráculo ni la cruz; aún en esta muerte, camino aún,
por los valles que van dejando tantas espinas y muertes,
Me inclino a tu portal mi amor, de las fronteras extrañas.
Estoy aquí, con las rodillas sangradas, y los labios a tus pies.
Hiede la herida, cada día… mi corazón sin cuerdas queda,
Ay. Muñeca de tela, con vestido marchito, una prenda valía,
En sus manos perdía, y nunca más encontró!
Ayer, fui tuya, ayer, fuiste mío, y en el cielo sonaba
los clarines de los ángeles del limbo, y una sonora voz llamaba,
-era la muerte mía- que tendía sus manos largas y blancas,
hacia el camino sin de nuestros destinos, la soledad y el olvido.
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