Desde el delgado acento del viento frío en el horizonte,
me caigo sobre la alfombra azul mustio, del triste otoño.
Resbalan de mis sombras, la lumbre de mis primaveras,
siempre, confundidas por los pasos perpetuos del olvido.
Comienzan mis manos a pintar la tarde, y en mis ojos agotados,
hay estrellas muertas; frente a mis apacibles quimeras y
junto a un detenido camino intransitable -hechas de nostalgias-
vigilo por mis yerros, con mis pequeños secretos y aventuras.
Desfallecida, sin el lunar que me indica el nublo comienzo,
me detengo a observar el vencer… ¡Cómo va lamiendo
el tiempo el destino mío, que cubrirá de nieves y condenas,
mi indeleble figura, teñida de recuerdos de lunas llenas!
Sola aquí, en esta interminable eternidad, acepto mi fatiga,
con el transferir de mis horas, a la noble sábana de huellas,
las que cambiaron el destino, con la inscripción de mis dudas,
con herméticas columnas de ofrendas, a mi dolorosa herida.
¡Nunca hubo derrotas por mis rumbos inciertos, ni hierros
ocultos en mi alma! Solo marcho por donde brillan mis letras,
y prodigo quimeras, y rebaso mi copa de luna, con fantasías!
No me voy amor, presagio mis andanzas por dulces estrellas.
Mis ojos heridos, eclipsados por la providencia del tiempo,
retomo a mis detenidas lunas, mi copa vacía,-- y cedo mis
pasos al tiempo que llevarán mis apacibles primaveras.
¡Más tú, mío, ventura mía, caigo firme a tus pies!
¿Me perdonas?- la frase estancada, en el lago sombrío e infinito,
con el frío, que abarca hasta los simientes del alma fugaz;
naufrago por las ondas que quedaron en tus hondos ríos,
quebrando a mis hojas de otoño azul, elevando mis glorias.
Hoy sollozo más, mucho más que antes, por haberte amado,
fracturada mi paciencia; los astros lejanos entorpecen,
el horizonte incierto, y las manos que acarician las nieves
del tiempo remoto, van dejando cavidades de ausencias blancas.
Quedarán aquí, abierto mis sollozos agrietados, con efusiones
de sangre expedidas por las venas de desiertas horas.
Inútiles quebrantos, rasgados vestidos de papel y tinta,
alojadas en la vértebra inmortal de los pasos del silencio.
Ya no queda nada, el vacío me condena a seguir las oquedades
de las negras ausencias; voces de humillantes injurias del destino,
son los que permanecen en el sitio de la mordida desventura.
Desato de mi alma tus pupilas, y me reafirmo, en esta soledad.
Pero , en este huerto de recuerdos, miro incesante tus aguaceros,
aquellos que lavaron mis heridas, y aliviaron mis tristes hombros.
Están sustentadas con mis otoños floreciendo en tus tardes, con
mis rosas inmortales, que crecerán invariables en todo el tiempo.
Por la eternidad, despejados motivos con claroscuros silencios,
llevo mis cruces, mis compasivas margaritas, salpicadas de hojas,
¡Hojas eternas de otoños y sensitivos movimientos de dedos
que rompen a cada instante, un espeso silencio de muertas letras!!

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